El aire vibra esta noche. No es solo viento; trae consigo algo que no sé nombrar, una pulsación que me recorre la piel y retumba en el hueso. No sé si siempre ha estado ahí o si lo he olvidado y regresa ahora, reclamando su lugar.
Hay momentos en que me siento tan vieja como las raíces que se hunden bajo las ciudades olvidadas. No por los años que cargo sobre los hombros, sino por las memorias. Tantas… y tan densas. Algunas dulces como miel tibia. Otras… heridas que aún arden, aunque nadie pueda verlas.
Presencié cosas más allá de toda comprensión. Días en que la luz parecía apagarse de repente, noches en que el cielo se abría en grietas luminosas. He caminado por túneles donde la piedra ocultaba los secretos más antiguos. He sentido en mi piel el calor de soles reflejados sobre campos vivos. Y he contemplado, desde lo alto, cómo nubes cargadas de hidrógeno se enredaban con luces que no pertenecen a nuestro sol.
Sufrí pérdidas tan hondas que pensé que el silencio sería mi única herencia. Pero también he visto victorias. Puentes tendidos entre pueblos que se creían opuestos. Semillas que germinaron en ruinas donde nadie creía posible la vida. Antiguas canciones cantadas en lenguas mezcladas que ningún bando había poseído jamás.
He vivido suficiente para saber que las fronteras entre las cosas no son tan firmes como parecen. Entre la arena y el mar, entre lo natural y lo artificial, entre el cielo y la tierra… siempre hay algo que se mezcla, que se transforma.
A veces cierro los ojos y escucho los ecos de voces que ya no existen. Voces que rieron. Que lloraron. Que juraron jamás olvidar. Y, sin embargo, casi todo se olvida con el tiempo.
Pero no todo.
Hay algo que nunca se ha ido, que ha permanecido latente. Es esta vibración suave, como un murmullo que recorre todo mi ser. En días tranquilos, apenas se siente. Pero esta noche… está ahí, palpitando, como si alguien o algo estuviera buscando mi atención.
Quizá no debería hablar, ni siquiera pensar en esto. Pero la verdad es que siempre ha estado ahí, mucho antes siquiera que se le asignase un nombre.
Cierro los ojos. Respiro hondo. Hay un sabor extraño en el aire. Quizá sea sólo mi imaginación… o quizá no.
Tal vez sea la señal que he estado esperando.
Me he pasado tanto tiempo guardando esta historia en silencio. A veces, me he preguntado si sería mejor enterrarla junto a los otros secretos del mundo. Pero ya no puedo. No debo.
Porque lo que ocurrió entonces no sólo cambió el mundo que existía. Está latiendo todavía, bajo cada piedra, en cada respiración. Y lo que está por venir… necesitará de todo lo que hemos sido. Y de todo lo que aún podemos llegar a ser.
Hay alguien a quien debo contarle la verdad. Y que necesita saberlo. Porque lo que viene no es sólo el eco del pasado… sino la llave para decidir hacia dónde se encamina el futuro.
Sí… ha llegado el momento. Debe conocer de dónde viene… para atreverse a decidir hacia dónde quiere ir.
“…y mientras cierro los ojos, me pregunto si quien me escucha, comprenderá que ya ha empezado a caminar hacia su propio destino.”
FIN.
Esta noche, cuando las memorias se agitan, una voz sabia se alza. La historia de NUVAGAIA está a punto de ser contada…
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